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Ser joven en un país viejo: cómo sobrevivir al futuro con educación del pasado

06/11/2025

Esta semana quiero utilizar mi pluma como un arma de guerra; no para destruir, sino para despertar. Escribo con un gran dolor en el alma al seguir viendo que todavía hoy, en pleno Siglo XXI, en mi país, la República de Panamá, seguimos teniendo casos de niños que pierden la vida al tener que cruzar un río para poder llegar a la escuela o para regresar a sus casas.

 

Esto, a consecuencia de la “corrupción” que impera en nuestro país y que de acuerdo al Procurador General de la Nación, Luis Carlos Manuel Gómez, opera como crimen organizado. “Estructuras organizadas con vínculos financieros y transacciones internacionales”, advirtió. (Entrevista publicada en La Estrella de Panamá por igordon@laestrella.com.pa 28/10/2025)

 

Con este artículo quiero poder transformar mi indignación en impulso, la desesperanza en conciencia y la palabra en acción porque les recuerdo que la educación -aunque herida- sigue siendo el arma más poderosa de los pueblos.

En medio de un mundo hiperconectado y una educación desconectada, los jóvenes de hoy libran una batalla silenciosa: formarse para un futuro que el sistema aún no entiende.

Ser un adulto joven —entre 15 y 30 años— en pleno siglo XXI, en un país de educación rezagada, es vivir con una contradicción permanente.
Por un lado, el mundo avanza a una velocidad vertiginosa: inteligencia artificial, automatización, empleos digitales, conciencia ecológica y habilidades globales.
Por el otro, la educación sigue anclada en métodos del pasado: memorización, rigidez, ausencia de pensamiento crítico y un currículo que no dialoga con la realidad.

Muchos jóvenes sienten que el sistema educativo los prepara para un mundo que ya no existe. Mientras las empresas buscan mentes creativas, empáticas y colaborativas, la escuela sigue formando para obedecer, no para innovar. Y eso genera frustración, desigualdad y una dolorosa sensación de desajuste.

 

La corrupción no sólo roba recursos;  roba futuro.
Cuando los fondos públicos se desvían, se deterioran las escuelas, se atrasan los programas, se devalúa la docencia y se apaga la esperanza.
Pero la corrupción también enseña —y de la peor manera—: enseña que el esfuerzo no basta, que el mérito se compra y que los valores son opcionales.

Frente a eso, muchos jóvenes deben reinventar su propio camino ético y profesional. Aprenden que el verdadero cambio comienza en lo pequeño: en la coherencia personal, en la disciplina diaria, y en la voluntad de no rendirse.

A las nuevas generaciones les toca ser autodidactas por necesidad, no por moda. No se conforman con lo que les enseñan: buscan, exploran, se educan en línea porque  YouTube, Coursera, podcasts, comunidades digitales se han convertido en los nuevos salones de clase.

Aprenden inglés por su cuenta, adquieren habilidades digitales, lanzan emprendimientos, crean contenido y se conectan con personas de otras latitudes que comparten su misma hambre de conocimiento.

No lo hacen por rebeldía, sino por supervivencia.
Porque comprendieron que si esperan a que el sistema se actualice, el tren del futuro los dejará atrás.

Sin embargo, en un mundo donde la tecnología avanza más rápido que las políticas públicas, las habilidades blandas son el salvavidas.
Empatía, pensamiento crítico, comunicación, adaptabilidad, trabajo en equipo, liderazgo ético: esas son las competencias que abren puertas, las que ningún robot puede reemplazar.

Aprender a gestionar emociones, a convivir con la diversidad, a resolver conflictos, a crear soluciones colectivas, es hoy tan importante como saber programar.
Porque quien no aprende a ser humano en un mundo digital, terminará siendo un algoritmo más.

No es fácil ser joven en un país que envejeció en su forma de pensar.
Pero esta generación está demostrando algo poderoso: que no necesita permiso para cambiar su destino.
Que con un celular, conexión y coraje, se puede construir una educación paralela. Que los límites no son geográficos, sino mentales.

El reto es doble: avanzar sin perder la sensibilidad. Ser competitivos sin perder la empatía. Dominar la tecnología sin olvidar la ética.
Y eso —aunque el sistema no lo enseñe— lo están aprendiendo por instinto. Ser joven hoy, en un país de educación vieja, es un acto de fe.
Pero también es una oportunidad de oro para demostrar que la inteligencia humana no depende del contexto, sino del compromiso con uno mismo.

Esta generación no necesita más discursos vacíos, sino confianza, oportunidades y modelos honestos.
Porque mientras la corrupción envejece instituciones, hay jóvenes que rejuvenecen el país con su esfuerzo, su ética y su capacidad de reinventarse.

Y quizá, con ellos, la educación del futuro ya comenzó… aunque el sistema todavía no se haya enterado.